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Artículos Jurídicos de aporte a la colectividad

La primera Catilinaria de Montalvo, el ejercicio del poder y las leyes en Ecuador

 “La primera Catilinaria de Montalvo, el ejercicio del poder y el papel de las leyes en la sociedad ecuatoriana

 

María Paulina Araujo Granda - Ecuador

 

 

Es difícil encontrar, en cualquier literatura, un logro tan cabal del improperio; un poder de látigo restallante tan fuerte; una eficacia moral de bofetada como los conseguidos por don Juan Montalvo en Las Catilinarias(…)

Benjamín Carrión

 

No escribía, sino esculpía. Los tiranos inmortalizados por su pluma son bajo-relieves grotescos y sombríos, allí en el frontis de la Historia. No viven por ellos sino por él. Así levantan las águilas a las serpientes en el pico y en las garras (…)”

José María Vargas Vila

 

 

I. INTRODUCCIÓN: CONTEXTUALIZACIÓN DEL PENSAMIENTO DE MONTALVO

 

La historia del Ecuador, rica en muchísimos sentidos, tan solo podría ser entendida -como ocurre en cada realidad humana-  a la luz de la costumbres de su pueblo, de ahí que me permita enmarcar el presente aporte académico con el criterio de Osvaldo Hurtado[1], quien hace notar que desde el nacimiento de la República del Ecuador en el año 1830, el sistema democrático fue meramente sobreentendido, dado que su reconocimiento no constó en ningún artículo de la Constitución. 

 

La democracia entonces, se la aprehendió únicamente desde la definición de gobierno como “popular, representativo, alternativo y responsable” y además, por encontrarse dividida la estructura estatal en las tres funciones clásicas: ejecutiva, legislativa y judicial, que aunque como se verá, esta división también fue en esencia, enunciativa.

 

Junto a esto, Hurtado también se refiere, entre otros, a tres ejes que permiten abordar cualquier manifestación de la cultura ecuatoriana, sea por medio de la  permanencia de las jerarquías sociales (una prolongación propia de la Colonia[2]), las debilidades de la educación y, el reducido papel del ordenamiento jurídico.

 

Afirma que en el Estado ecuatoriano, desde su nacimiento y durante la mayor parte de la época Republicana del Siglo XIX, se mantienen como constantes los privilegios y el sustento ideológico de la Iglesia Católica, el carácter teórico y elitista de la educación y su ninguna relación con las necesidades de la economía; y, la ausencia del imperio de la ley.

 

Tomando esta última idea y lo que Hurtado llama como el disminuido papel del régimen jurídico, se precisa que si bien la autoridad provenía de la voluntad de los ciudadanos y se hallaba sometida -en teoría- a la ley, esto no implicó que “el estilo de autoridad de presidentes, dictadores, jefes supremos, encargados del poder, ministros, gobernadores e intendentes fuera diferente del que practicaron quienes gobernaron en la Audiencia de Quito en representación del Rey. Ni siquiera en los breves períodos en los que rigió una constitución y formalmente hubo un Estado de Derecho[3]

 

En este mismo sentido, se pronuncian varios extranjeros, quienes en base a sus recorridos por el Ecuador de la época, consideraron en términos generales que los políticos “hacían leyes para que otros las obedezcan[4]. Para Friedrich Hassaurek por ejemplo, el ordenamiento jurídico se lo creaba para los individuos  “de bajo estatus social –indios y cholos-, pero no para las personas de rango”, últimas que “tenían el derecho de elaborar las leyes mas no obedecerlas”, de ahí que en Ecuador se verificaba una “forma republicana de gobierno sin ser republicanos”[5]

 

En este contexto, es importante tener en cuenta que dentro de la época Republicana del Ecuador, que podría dividirse en tres momentos: el primero, desde la fundación de la República hasta fines del Siglo XIX (en que se inició la denominada como Revolución Liberal); el segundo, desde la Revolución Liberal (1895-1912) hasta los inicios de los años sesenta del Siglo XX; y, el tercero, desde los años sesenta hasta la actualidad[6], la obra de Juan Montalvo intitulada como “Las Catilinarias” (1880-1882), se ubique dentro de uno de los procesos de desarticulación política más graves de nuestra historia y por tanto, sirva de base para la referida Revolución Liberal, última caracterizada por la transformación político-ideológica de mayores proporciones del país, en la cual si bien el Estado recobra el control de varias esferas que estaban en manos de la Iglesia, lo trasladará a una nueva burguesía secular[7].

Siendo así, en el año 1880 Juan Montalvo comienza a escribir las doce Catilinarias desde Panamá, habiendo entregado las primeras a la prensa, gracias al apoyo de Eloy Alfaro. Para el año de 1882, publicó la última y desde Francia, comienza la publicación de su obra “Siete Tratados”.

 

Cabe indicarse que las obras de Juan Montalvo no tuvieron mayor difusión en Ecuador, dado que tan solo después de la Convención Nacional de 1912 es que se resolviera la publicación de sus obras completas; empero, la contrarrevolución conservadora impidió que este proyecto tomara forma y solo a partir de 1920 es que se lograra la creación de una edición especial a cargo de Gonzalo Zaldumbide. No se pierda de vista que a la época, solo los eclesiásticos eran los bibliotecarios y por tanto, depositarios de las obras impresas; sabiéndose que en el año 1886,  Montalvo fue excomulgado y no solo él, sino todo aquel que lo leyera.

 

Para el año de 1960, gracias a una editorial mexicana, se editaron sus obras más sobresalientes junto con otros escritos cortos poco conocidos, edición de la que debe señalarse, no circuló en Ecuador sino solo en el extranjero.  Finalmente, en 1970, si bien aparecieron publicadas algunas obras montalvinas a través de una editorial de Guayaquil, no estuvieron al alcance de la mayoría de maestros ni de estudiantes de colegios y universidades del país, sea por su alto precio y/o el limitado número de ejemplares[8].

 

Retomando la idea central, la obra motivo del presente trabajo se circunscribe en un momento histórico del país, en el cual su protagonista central será el Gral. Ignacio de Veintimilla, quien ostentó la Presidencia de la República del 21 de abril de 1878 al 26 de marzo de 1882, habiendo ejercido con anterioridad la Jefatura Suprema (8 de septiembre de 1876 al 26 de enero de 1878), que la repetiría después de su período presidencial del 26 de marzo de 1882 al 10 de enero de 1883, fecha en que fue reemplazado por el gobierno provisorio formado por el Gral. Agustín Guerrero, el Dr. Luis Cordero, el Sr. Rafael Pérez Pareja, el Dr. Pablo Herrera y por Don José María Plácido Caamaño.

 

Importante indicar para la comprensión integral de la obra de Montalvo,  que la persona que precedió al Gral. Ignacio de Veintimilla en sus funciones conductoras del Ecuador, fue Don Antonio Borrero Cortázar, quien ostentó la Presidencia de la República del 9 de diciembre de 1875 al 8 de septiembre de 1876, después del encargo presidencial que tuvieran Francisco Javier León (Agosto 1875- Octubre 1875) y Francisco Xavier Eguiguren (15 de Septiembre 1875- 9 de diciembre de 1875), en razón del asesinato de Gabriel García Moreno, con quien dicho sea de paso, Juan Montalvo se inauguró en el combate a sus ideas totalitarias y régimen calificado como la “más dura y perversa tiranía[9], lo que le costó su destierro a Colombia.

 

En este hilo de ideas, Montalvo, desde Ipiales, con varios de sus escritos y sus cartas a simpatizantes, apoyó la candidatura de Antonio Borrero, pero siempre y cuando se realizara una convocatoria a una Convención que creara una Constitución democrática y de efectiva garantía para los derechos de los ciudadanos, que reformulará al fin de cuentas la Constitución Garciana o conocida también como “Carta Negra”, cuyos puntos más notables fueron la centralización del poder en el Presidente de la República, con potestades incluso para nombrar magistrados de los tribunales de justicia; además estableció como uno de los requisitos para ser ciudadano ecuatoriano, tener la condición de ser católico, así como saber leer y escribir.

 

Borrero si bien se mostró al inicio de su candidatura de acuerdo con esta idea, al asumir el poder, se negó a convocar a la Convención y se puso “al servicio de los intereses clerical-conservadores (…) [los que] aunque habían perdido a García Moreno, con Antonio Borrero habían recuperado el poder[10]

 

Es en este escenario en que el descontento de la ciudadanía permitiera que la conspiración encabezada por el Gral. Ignacio de Veintimilla (quien en apariencia mostraba obediencia la Presidente Borrero) tuviera lugar y éste último tomara el poder, asumiendo el mando supremo.

 

Juan Montalvo se opuso a esta maniobra señalando, en palabras de Plutarco Naranjo, que Veintimilla “no era liberal sino libertino” y que “su falta de honestidad y prendas morales serían augurio de días fatales para la Patria”[11], y esto hizo que dos días más tarde,  Montalvo fuera desterrado a Panamá.

 

II. LAS CATILINARIAS DE MONTALVO[12]

 

El origen del nombre de esta obra, proviene de los cuatro discursos de Cicerón, mismos que fueron pronunciados ante el Senado después de descubierta una traición encabezada por Luis Sergio Catilina[13] para dar un golpe de Estado; no en vano ambas obras tratan de escritos en defensa de la libertad, de los valores y de la dignidad humana. En este sentido, nos adherimos al criterio del profesor Plutarco Naranjo, para quien tanto Las Catilinarias de Montalvo como siglos antes las de Cicerón, son escritos dirigidos a los enemigos del pueblo, contra los que vulneran y violentan las leyes y, en especial, contra el ejercicio despótico del poder[14].

 

PRIMERA CATILINARIA[15]         

Todo pueblo merece su suerte[16]

 

 

La Primera Catilinaria de Montalvo, si bien se encuentra desprovista de un título vinculado a su contenido (Se la titula, igual que las siguientes cuatro Catilinarias, como el refrán español "Tanto monta Isabel como Fernando"), desde nuestro punto de vista podría dividirse en el análisis de tres instituciones, en donde su descripción de tiranía, podrá direccionar al lector a la comprensión del principio de obediencia de las leyese, incluso, le permitirá cuestionarse acerca del proceso legislativo que debería observarse, para hablar de una validez material de las normas.

 

Para esto, Montalvo parte de la esencia de la participación democrática y del rol que asume la sociedad en todo cambio y que, lastimosamente en el caso ecuatoriano, suele verificarse en momentos tardíos.

 

Para el autor, solo el pueblo puede imponerse ante un gobierno despótico, en tanto y en cuanto el “Pueblo es un vasto conjunto de individuos cuyas fuerzas reunidas no sufren contrarresto: su voz es trueno, su brazo rayo. Emperadores y ejércitos, capitanes y soldados, tiranos y verdugos, todos caen, si ese gigante levanta su martillo[17] (…) “Pueblo, pueblo, pueblo ecuatoriano, si no infundieras desprecio con tu vil aguante, la lástima fuera profunda de los que te oyen y miran (…) ve a la reconquista de tu honra, y muere si es preciso[18]

 

En este punto y aunque se acepta al poder popular como el eje rector del cambio del país, nos atrevemos a indicar que estaríamos frente a un poder de facto o cuyo ejercicio dependería del uso de la fuerza, habida cuenta que el canal de derecho mediante el cual se ejerce el poder popular, se encontraba a la época, como ahora, depositado en las autoridades debidamente elegidas y, lastimosamente en ese proceso, según Montalvo, ya se encontraron claras transgresiones, al punto en que cierto hombre alineado con el gobernante de turno “espada al cinto (…) se presentaba diariamente en la mesa electoral, y como quien hace un donaire, iba sacando de todos los bolsillos puñados de votos escritos y echándolos en la urna.  No contento con esto, llevábasela a su casa por la noche, y rompiéndola, sacaba todos los de los buenos ciudadanos (…)”[19]

 

Esta incongruencia también se comprobó en la convocatoria a la Convención que iba a redactar la novena Constitución del país, dado que el mandatario Ignacio de Ventimilla, dice Montalvo, aceptó haber dado la orden para que él formará parte de la misma. El autor señala:

 

            “Reparad, señores, os ruego reparéis en esa nefanda agresión a la      República, cuando dice el réprobo de las naciones que había dado la          orden de que yo fuese electo (…) Dar la orden de elegir, ¿es por ventura         haber elección? Si la orden fue cumplida, de su peso se cae que el      sufragio popular fue desviado y frustrado[20]

 

EL EJERCICIO DEL PODER: LA TIRANÍA[21]

 

Sabiéndose entonces que el pueblo es el único que al fin de cuentas podía decidir acerca del futuro de algún gobernante, Montalvo busca en sus lectores una reflexión acerca del ejercicio del poder, esgrimiendo varias definiciones de tiranía no solo como un poder que busca la lesión directa de derechos humanos y por tanto de perpetración de delitos por parte del gobernante,  sino de un gobierno que inclusive por medio de leyes y decisiones que se entienden legítimas, impone criterios que distan de la búsqueda del bien común.

 

La tiranía entonces, se correspondería al “abuso triunfante, soberbio, inquebrantable (…) no (…) sólo [de] derramamiento de sangre humana; tiranJuan Montalvo, Primera Catilinaria, infatigable, aniran repetidas son culpas multiplicadas que acreditan un gran pecador en el tía es flujo por las acciones ilícitas de toda clase; tiranía es el robo a diestro y siniestro; tiranía son impuestos recargados e innecesarios; tiranía son atropellos, insultos, allanamientos; tiranía son bayonetas caladas de día y de noche contra los ciudadanos; tiranía son calabozos, grillos, selvas inhabitadas; tiranía es impudicia acometedora, codicia infatigable, soberbia gorda al pasto de las humillaciones de los oprimidos[22]

 

Vista así, el tirano buscará imponer sus ideas por sobre las de los demás y necesitará controlar la mayor cantidad de instituciones, en especial aquellas por medio de las cuales se pueda expresar algún tipo de disidencia, de ahí que su primer foco de atención sean los medios de comunicación, sin perder de vista el control del patrimonio público y el privado, como demostración fiel de su poder de decisión integral.

 

Por estas consideraciones, Montalvo calificó a la tiranía como un “monstruo de cien brazos”, cuyos tentáculos buscan tomar a los hombres y destruir sus ideas, desmantelando así a la imprenta, desterrando a filósofos, publicistas o filántropos. Lo cual será posible dado que el tirano no escatimará en hacer ver que  “El tesoro nacional, suyo es; la hacienda de las personas particulares, suya es; la riqueza común, suya es; suyo lo superfluo del rico, suyo lo necesario del pobre.”[23]

 

Ahora bien, tomando las expresiones del autor, nos atreveríamos a afirmar que un tirano por sí solo no podrá imponer su autoridad, habida cuenta que precisará de grupo de personas que a su lado, le reafirmen su poder y ante todo, sean sumisos ante sus decisiones; estas personas pueden ser desde “héroes, nobles, barones [hasta] terratenientes poderosos”, el único que requisito que deberán demostrar es humildad y respeto al gran tirano, último quien deberá ineluctablemente demostrar “inteligencia superior” y “brazo fuerte”, toda vez que “los opresores vulgares” no llamarían la atención de persona alguna y por tanto, no podrían ejercer algún tipo de poder sobre un grupo humano.[24]

 

Montalvo incluso, refiriéndose al presidente de la república de la época, hace presente su necesidad de hombres que no demostraran competencia mucho menos probidad, por cuanto su manera de ejercer el poder precisaba de individuos que no le recordaran el contenido de la ley, sino se mostraran “perpetuamente encorvados ante la majestad de su persona, que autoricen sin actuarse de ellos sus órdenes y decretos”, no en vano debían ser nombrados de forma irregular, es decir, “en unas provincias a furor de espada, en otras a puro fraude, en las de más allá con prescindencia de los ciudadanos[25]

 

Para concluir con esta primera parte, Montalvo, una vez que suministra la definición y las características de los regímenes tiranos, se permite argumentar que, a diferencia de los malhechores que infringen la ley, el tirano en cambio las traspasa:

 

            “Sin traspaso de las leyes no puede haber tiranía: habrá quizá   despotismo; si la hay, no está ella en el que las ejecuta, sino en el             legislador. Si hay traspaso, hay tiranía, por fuerza de razón. Pues          ¿Cómo sucede que uno que las traspasa no se pueda llamar tirano?          Los bandoleros las infringen, y no se llaman tiranos; son malhechores[26]       

 

LAS LEYES

 

Quizá el mayor aporte de la Primera Catilinaria de Juan Montalvo, sea su explicación en torno a la finalidad que cumplen las leyes, toda vez que en palabras de fácil compresión y sin acudir a construcciones gramaticales propias de la ciencia jurídica, nos las muestra de forma simple pero a la vez completa, como el “freno de oro que nos obligan a ir y venir mesurada, cuerdamente[27]

 

En otras palabras y sin que medie un factor de coacción y/o imposición de cargas por medio de las normas, Montalvo nos acerca a una reflexión lógica del respeto a las reglas, dado que las traduce de manera diáfana como  “(…) los vínculos de la sociedad humana con los cuales viven los hombres formando un solo cuerpo, sujetos a unos mismos deberes, agraciados con unos mismos fueros[28] y así, nos conduce a asimilar que tan solo bajo la igualdad de todos ante los limites que se imponen en una sociedad, sea lógico su respeto y obediencia.

 

En este sentido, el alejarse de las normas conductoras de un conglomerado humano, “en provecho de sus orgullos, sus vanidades o su iras”, implique un “corte en el santo nudo que encierra los misterios de las naciones, y romp[a] el símbolo de la felicidad del pueblo[29]

 

Por otro lado, explica el sentido, contenido y alcance de lo que conocemos como Estado de Derecho, en razón de que así como existe el compromiso de todas las personas de respetar las leyes, del mismo modo todas las autoridades se comprometen a su observancia y respeto, por esto es que el abuso de las leyes por parte de los gobernantes, los convierta en el “más vicioso y criminal[30]

 

Por consiguiente, para Montalvo, si “todos juntos somos esclavos respetables del soberano invisible que está ahí erguido y majestuoso con nombre de Estado”, así como al “que prescinde de los principios religiosos, la Iglesia le pone fuera de su gremio”, lo propio ocurrirá con aquel que sale de la  “comunión social con el traspaso de las leyes[31] (pp. 68 y 69)

 

¿Qué ocurrirá entonces cuando se han trasgredido las normas de convivencia social?

 

Lo que acontecerá podría ser asimilado, dice Montalvo, a la rotura de la  “Caja de Pandora”, en otras palabras, “los males salen en torbellinos y, braveando por la República, triste la dejan y arrasada”[32]; aspecto que como se ha dicho, se agravará si el trasgresor es precisamente su depositario, a quien se podría calificar de “traidor”, que mal agradece la confianza en él depositada.

 

Nótese que al fin de cuentas la “transgresión de las leyes no es sino favorecimiento inicuo a unos pocos, o quizá a uno, contra la mayor parte de los ciudadanos, contra la generalidad[33]

 

Habría que decir en este punto que, frente a la innegable sumisión de todos a las normas, lo mínimo que se espera es que las mismas sean elaboradas de forma responsable y bajo el principio de independencia de la función legislativa de los demás poderes que forman el Estado. 

 

Dicho de otro modo, para encontrar validez en las normas de un ordenamiento jurídico, no bastará su aprobación formal, sino que será imprescindible que el pueblo compruebe que se han creado las reglas de conducta, partiendo de las necesidades comunes y no de la simple imposición del criterio de un hombre o de un grupo de poder.

 

Montalvo nos ejemplifica lo ocurrido en la época, así:

 

            “Hubo asimismo en un lugar una junta de hombres, no tanto malos      cuanto viles, que se llamó Convención o Cuerpo legislativo. Van a dar      leyes, y no tienen rudimentos del Derecho;  a prescribir reglas de          justicia, y son injustos (…) ¿qué constitución, qué leyes? [si el] jefe     supremo, va cada día a un chiribitil  contiguo a la sala de sesiones, y    está sacando la cabeza y alargando el cuello, a ver quien da su parecer            en contra de sus pretensiones. Por la noche los legisladores están        en su casa, comen y beben, se embriagan, vociferan (…) En  este        vaivén de  carne y aguardiente, de vilezas y fechorías, las leyes             estuvieron hechas: gendarmes sin ley, payos sin letras, polizontes        sin oficio, rábulas sin equidad, sacerdotes sin Dios habían dictado        leyes[34]         

 

Continúa, enfatizando en la idea precedente, en la manera en cómo los legisladores ejercieron sus funciones, haciendo hincapié en que a pesar de tener en sus manos la ardua tarea de creación de las leyes,  no contaron con un nivel aceptable de conocimientos. En palabras de Montalvo, la sociedad ecuatoriana estuvo expuesta a congresos y convenciones cuyos miembros no sabían ni leer, ni mucho menos discutiracerca de los “altos principios de la asociación civil y del gobierno”[35]

 

Visto así y por todo lo expuesto en este acápite, el ejercicio del poder que traspasa los límites impuestos por las leyes y que el autor lo denomina como tiranía, nos coloca ante una reflexión final y quizá la más valiosa, puesto que si bien el imperio de la ley garantiza la coexistencia pacífica de la sociedad y ésta última se trastoca por el accionar ilegítimo del gobernante; por otro lado,  Montalvo nos permite reflexionar acerca del origen de la ley en sí misma, dado que no toda ley -así provenga del órgano legislativo- es necesariamente justa, en especial cuando el órgano estatal no se responsabiliza de crear cuerpos normativos que de manera seria y justa, se fundamenten en el interés general.

 

Entonces, un ejercicio del poder sin límites claros, sean éstos de hecho (ir más allá del contenido normativo) o de derecho (creación y aplicación de leyes elaboradas a la medida del gobernante), nos enfrente a personeros del Estado que, sea en el ámbito que fuere –desde el ejecutivo hasta el legislador-, al inobservar y/o transgredir sus elementales deberes y obligaciones, al final de cuentas como lo señala el autor, cubran de  “infamia a la nación y de ridiculez al Gobierno[36] y por tanto, lo deslegitimen.

 

III. A MANERA DE CONCLUSIONES

 

Quien lee Las Catilinarias de Montalvo hoy, no puede evitar hacer una comparación con las épocas actuales y ratificar su plena vigencia, al punto que cualquier ecuatoriano no podría dejar de reprocharse el lamentable caso omiso que en ocasiones, se ha hecho de la historia del país; así como no puede dejar de cuestionar el hecho de la tan poca difusión que tuvieron y tienen las ideas montalvinas, mismas que osadamente nos atreveríamos a afirmar, pueden ser compaginadas también con los varios contextos latinoamericanos, en donde el ejercicio del poder y cada vez con mayor frecuencia, se va peligrosamente encasillando no en el respeto a la separación de las funciones que conforman el Estado, sino en la absorción de las mismas en una sola persona o grupo político: esto, muy a pesar de que las constituciones reconozcan en su texto, un modelo estatal diferente.

 

Dicho esto, autores como Montalvo que gozan de la ya aludida actualidad permanente, permitan y avalen el renacimiento de discursos objetivos apegados a valores cívicos, los que encuentran perfecto cobijo en estructuras estatales democráticas, en las cuales el imperio de la ley, no proviene del simple hecho de su génesis formal y de la imposición del criterio de una mayoría, sino y por sobre todo, de su contenido material de respeto a las libertades, ergo, son elaboradas en razón del bien común de un país y bajo en esquema de total responsabilidad (ante la sociedad) por parte del órgano legislador.

 

Como acertadamente lo señaló en su momento Mario Monteforte[37], Montalvo logra que se supere la idea de que valores como la honestidad, el honor y la responsabilidad de luchar por la libertad y la unidad nacional se conecten exclusivamente con el ámbito religioso, para dar paso así a una reflexión sustentada en principios éticos, que provienen y se ejercen por medio de la razón humana; no en vano el novelista ecuatoriano no eximiera de responsabilidad al pueblo de originar sus “propias calamidades y desdichas” y lo lleve a una profunda autocrítica acerca del rol que cada persona cumple, como ser útil dentro de la sociedad. 

 

Para terminar con el presente aporte, enaltezco el planteamiento montalvino que parte de la educación de cada individuo –que más allá de lo teórico y profesional-, esté orientada en la interiorización de la que libertad es el único valor que puede hacer frente a la tiranía y a cualquier manifestación de ejercicio del poder –que aunque legítimo-  no tenga sus límites claros.

 

Somos cada uno de nosotros los responsables de elegir con conciencia y responsabilidad a nuestros gobernantes y en especial a nuestros legisladores,  en vista de que precisamente de esta actividad, dependerá la manera en que nuestro marco de reglas de conducta respete y responda a los verdaderos valores democráticos de un Estado Constitucional de Derecho.

 

 

“(…) destaca el estilo de Montalvo en las descripciones (…) anticipa las descripciones que autores como Vargas Llosa o García Márquez harán un siglo después en sus novelas sobre dictadores[38]

 

 

 

 



[1] HURTADO, Osvaldo, Las costumbres de los ecuatorianos, Editorial Planeta del Ecuador, Quito, 2008, pp. 75-80.

[2] El historiador ecuatoriano Enrique Ayala Mora, al referirse al primer periodo Republicano, señala que aunque la independencia significó una ruptura de tipo político para el país, muchos de los rasgos de la sociedad colonial pervivieron más allá de la fundación de la República, como por ejemplo, se mantuvo la exclusión de la mujer de la vida política, así como los elementos aristrocratizantes continuaron modulando y guiando las relaciones sociales, la cultura y la ideología. Cfr. AYALA MORA, Enrique, Resumen de la Historia del Ecuador, Corporación Editora Nacional, Quito, 1995, pp. 72 y 73

[3] Ibíd. pp. 132 y 133

[4] Cfr. ORTON, James, The Andes and The Amazon, New York, Harper & Brothers Publishers, 1870, p. 68, Cit. por HURTADO, Osvaldo, Ob. Cit. p. 134

[5] Cfr. HASSAUREK, Friedrich, Cuatro años entre los ecuatorianos, Quito, Abya Yala, 1997, p. 152 y 247, Cit. por HURTADO, Osvaldo, Ob. Cit. p. 135

[6] AYALA MORA, Enrique, Ob. Cit., p. 72

[7] Ibíd., pp. 87 y 88.

[8] NARANJO, Plutarco, Estudio introductorio y notas de la obra “Las Catilinarias” de Juan Montalvo, en su edición especial de la Colección Antares, Editorial Ecuador F.B.T., octubre 2011, pp. 9 y 10

[9] Ibíd, p. 11. Véase además: ESPINOSA CORDERO, Simón, Presidentes del Ecuador, Publicación de la Revista Vistazo, segunda edición, mayo 1998, pp. 33-40, obra en la cual se señala que los 17 años durante los cuales el Dr. Gabriel García Moreno (llamado como “el tirano” por sus opositores) lideró la política del Ecuador, fueron marcados por “el restablecimiento del imperio de la moral por medio de la represión enérgica y eficaz del crimen”, según la frase del propio García Moreno, quien gestó la creación en el Referéndum constitucional de 1869 de la octava Carta Política del país, conocida como la “Carta Negra” o Constitución Garciana.

[10] NARANJO, Plutarco, Ob. Cit., p. 13 y 14

[11] Ibíd., p. 15

[12] MONTALVO, Juan, Las Catilinarias, edición especial de la Colección Antares, Editorial Ecuador F.B.T., octubre 2011, pp. 67-393.  En formato digital: Las Catilinarias, El Cosmopolita y El Regenerador, Fundación Biblioteca Ayacucho de la República Bolivariana de Venezuela, referencia: 27 de febrero del 2015, disponible en Word Wide Web:

http://www.bibliotecayacucho.gob.ve/fba/index.php?id=97&backPID=103&begin_at=24&tt_products=22

[13] La maniobra empleada por Catilina, partió de una conspiración llevada en conjunto con sus simpatizantes para matar a Cicerón y a varios miembros del Senado en el día de la elección, lo cual fue descubierto  y gestó que se pospusiera la fecha de las elecciones. Ante esto, Cicerón se dirigió ante el Senado, último que emitió un “senatus consultum ultimum”, por el cual quedó suspendida la ley regular y Cicerón fuera investido con poder absoluto.  Cuando se realizaron las elecciones, Catilina volvió a perder y anticipando su derrota, junto con los conspiradores juntó un ejército, cuyo plan fue el de iniciar una insurrección y matar a miembros del Senado. Este de s ﷽﷽﷽﷽﷽e en el anandes instituciones bien carece de un tñitulo dl Wide Web: iolantan las leyes y, en especial, contra el ejerúltimo plan también fue descubierto por Cicerón, quien convocó al Senado y pronunció la Primera Catilinaria, que inició con la célebre frase “¿Hasta cuándo, Catilina, abusarás de nuestra paciencia?” Cfr. Conspiración de Catilina, referencia: 2 de marzo del 2015, disponible en World Wide Web:

http://es.wikipedia.org/wiki/Conspiraci%C3%B3n_de_Catilina

[14] NARANJO, Plutarco, Ob. Cit., p. 17

[15] MONTALVO, Juan, Ob. Cit., pp. 67-87. Primera Catilinaria en la obra en formato digital, pp. 173-188

[16] MONTALVO, JUAN Ob. Cit., p. 68.

[17] Ibíd.

[18] Ibíd., p. 77

[19] Ibíd., p.82

[20] Ibíd., p. 84

[21] Según la Real Academia Española, se entiende por tiranía: 1. Gobierno ejercido por un tirano; 2. Abuso o imposición en grado extraordinario de cualquier poder, fuerza o superioridad; y 3. Dominio excesivo que un afecto o pasión ejerce sobre la voluntad

[22] MONTALVO, Juan, Ob. Cit., p. 69

[23] Ibíd., p. 70

[24] Ibíd., p. 71

[25] Ibíd., p. 81

[26] Ibíd., p. 71

[27] Ibíd., p. 70

[28] Ibíd., p. 68

[29] Ibíd.

[30] Ibíd.

[31] Ibíd., pp. 68 y 69

[32] Ibíd., p. 70

[33] Ibíd.

[34] Ibíd., p.74

[35] Ibíd., p. 86

[36] Ibíd., p.72

[37] MONTEFONTE, Mario, “Vigencia ideológica de Juan Montalvo”, en el Libro Coloquio Internacional sobre Juan Montalvo, publicación realizada por el Honorable Congreso Nacional de la Ilustre Municipalidad de Ambato- Casa de Montalvo, Comité del Centenario y la Fundación Friedrich Naumann, Ambato, del 19 al 22 de julio de 1988, pp. 21-41

[38] PUJANTE CASCALES, Basilio, Cicerón en Ecuador: Las Catilinarias de Juan Montalvo, Revista de Investigación y Crítica Estética, Universidad de Murcia (España), ISSN: 1887-5238, referencia: 26 de febrero del 2015, disponible en World Wide Web:

revistas.um.es/cartaphilus/article/viewFile/69791/67271